TARAS BULBA

TARAS BULBA





Crítica literaria muy gamberra y descacharrante de Taras Bulba

Leer Taras Bulba de Nikolái Gógol es como subirse a un carro ucraniano de madera sin frenos cuesta abajo mientras unos cosacos te gritan canciones a pulmón pelado, beben vodka como si fueran acuarios con patas y de paso te invitan a un duelo con sable. No es una novela, es un fiestón cosaco con olor a pólvora, barbas revueltas y bigotes que podrían servir de estropajo industrial.

Porque ojo, Gógol no escribió un relato tranquilo: aquí no hay contemplaciones, ni paseos románticos por el campo. Aquí hay bigote, vodka, caballo y sable. Es la Santísima Trinidad de los cosacos. Y si no lo tienes claro, Taras Bulba, el protagonista, se encarga de repetírtelo a sablazos en la conciencia.


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La historia:

En pocas palabras (y con mucho vodka), Taras Bulba es la epopeya de un cosaco cuarentón con mala leche, bigote que da sombra y carácter de licuadora en modo turbo. Taras es un tipo que ama dos cosas: la guerra y el vodka. Y si se pueden mezclar, mejor. Tiene dos hijos, Ostap y Andríi, a los que manda a estudiar a la academia, pero al verlos de vuelta dice algo así como:

—“¡Bah! ¡Estudiar es de flojos! ¡Al campo de batalla, que es donde se aprende de verdad!”

Y los arrastra a la vida cosaca como quien lleva a los críos a Eurodisney, pero con más lanzas, más gritos y menos Mickey Mouse.

A partir de ahí, la novela es un festival de asedios, batallas, traiciones, choques de ejércitos, persecuciones, discursos que duran más que una misa papal y mucha, pero mucha épica mezclada con trallazos de humor involuntario (o muy voluntario de Gógol, que se las sabía todas).


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Los personajes: caricatura pura y dura

Taras Bulba

Es como un padre de familia que lleva el concepto de “educación estricta” al nivel Mortal Kombat. Ama a sus hijos, sí, pero a su manera: con sopapos, gritos y empujándolos hacia la muerte gloriosa. No lo verás diciendo “¿Quieres un abrazo?”. No. Lo verás diciendo:
—“¿Quieres gloria? ¡Pues toma lanza y ve a degollar al enemigo!”

Tiene un carisma tremendo, pero es un carisma que huele a bota de cuero sudada. Si Taras entrara hoy en un colegio, lo expulsaban en 5 minutos.

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Ostap

El hijo obediente, fuerte, recto, que sigue el ejemplo del papá. Es como el chico aplicado que se cree todo lo que le dice el profesor de gimnasia. A Ostap lo sacas de la guerra y no sabe ni preparar una sopa. Un fanático del deber, vamos, el cuñado ideal para cualquier boda cosaca.


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Andríi

Ay, Andríi. El drama adolescente hecho cosaco. De repente se enamora de una polaca y se le va la olla. O sea, ¡abandona a su familia, a su ejército, a su vodka, a su bigote y al mismísimo espíritu cosaco! Todo por unos ojos bonitos. El muchacho básicamente inventó la categoría de “cosaco romántico gilipollas”. Y claro, Taras, que es más de hostias que de rosas, le da una lección inolvidable (y definitiva).



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La madre

Aparece poco, pero cuando aparece, madre mía… llora, sufre y se queja porque los hijos se van a la guerra. Vamos, lo típico de cualquier madre:
—“¡Cuidaos! ¡No os matéis! ¡Llevad bufanda!”
Pero claro, sus consejos caen en saco roto, porque los cosacos no llevan bufanda: llevan cuchillos escondidos en la pechera.


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Los cosacos en general

Son como una peña de colegas en un bar, pero multiplicados por cien y armados hasta los dientes. Ríen, beben, cantan, matan y luego vuelven a beber. Son el ejército más juerguista de la literatura universal. Si los contratas para una despedida de soltero, te incendian la ciudad, pero oye, ¡qué risas!


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La trama: una ensalada rusa… pero con pólvora

La trama de Taras Bulba es una sucesión de “¡al ataque!” seguida de “¡gloria cosaca!” y rematada con “¡que no falte el vodka!”. Gógol no se complica: pone a los cosacos a guerrear contra los polacos, que hacen de villanos de opereta con armaduras brillantes y mucho orgullo herido.

Pero lo gordo viene con el conflicto de Andríi: el chaval cambia de bando por amor y Taras, en un arranque de “esto no lo hace mi hijo porque lo mato yo antes”, cumple su promesa y lo mata con sus propias manos. Así, sin paños calientes.

Sí, amigos: aquí no hay espacio para el “vive y deja vivir”. Es “vive como cosaco o no vivas en absoluto”.

El pobre Ostap, por su parte, acaba prisionero y ejecutado en una escena que mezcla tragedia con un padre gritando como hooligan desde el público. Taras, en vez de llorar en silencio, hace lo que haría cualquier cosaco: vocifera, anima y suelta discursos grandilocuentes. Casi parece un narrador de fútbol retransmitiendo el fusilamiento de su propio hijo.

Y al final, Taras mismo cae en manos del enemigo. ¿Qué hace entonces? Pues seguir a lo suyo: gritar, insultar, arengar, como si fuera un influencer del siglo XVII pero sin internet. Termina quemado vivo, pero hasta en la hoguera tiene tiempo para soltar frases épicas, que seguro dejaron a los polacos diciendo:
—“¡Qué pesado este hombre, ni muriéndose calla!”


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El mensaje:

Taras Bulba es un canto al orgullo cosaco, a la hermandad, a la libertad salvaje y a las sobremesas interminables con vodka. Gógol nos dice:
—“Oye, el honor y la patria son importantes… pero el bigote bien cuidado también”.

El mensaje central es claro: no traiciones tu identidad ni tu gente. Si lo haces, acabas como Andríi: con un sable cosaco incrustado en la anatomía. Aquí no hay medias tintas. Eres cosaco o eres cadáver.

Y también hay un mensaje secundario: la vida cosaca es tan intensa que no hay espacio para el aburrimiento. Ni para filosofar, ni para romantizar, ni para escribir poemas pastelosos. Aquí se vive rápido, se muere pronto y se bebe mucho.


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Conclusión (y moraleja gamberra):

Leer Taras Bulba es como entrar en un bar de madrugada donde todos son gigantes con barba y sable, y tú solo querías un café. Pero ojo, es un bar divertido. Entre hostia y hostia, los cosacos cantan, bailan y hacen discursos tan exagerados que parecen anuncios de detergente.

La novela es un retrato salvaje, épico y grotesco de un pueblo que vivía a cuchillo limpio, y al mismo tiempo una comedia involuntaria en la que el amor de un hijo por una polaca se paga con la espada paterna.

En definitiva: Gógol no nos da una novela, nos da un parque temático cosaco. Atracciones incluidas:

La montaña rusa de traiciones.

El tiovivo de discursos patrióticos.

La noria de borracheras.

Y la casa del terror, protagonizada por Taras, el padre del año.


Así que, si buscas filosofía profunda, Taras Bulba no es tu sitio. Pero si lo que quieres es una descarga de energía bruta, personajes que parecen caricaturas de sí mismos y una historia que mezcla tragedia con una carcajada, ¡bienvenido al mundo cosaco!

Eso sí: ten cuidado al leer. Porque al cerrar el libro puedes descubrir que te ha salido un bigote, te apetece beberte un litro de vodka del tirón y te entran ganas de gritar “¡Gloria eterna a los cosacos!” en medio del supermercado.

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 Taras Bulba versión 2025

Taras Bulba hoy en día no cabalgaría sobre caballos salvajes, sino sobre un SUV diésel que humea más que una locomotora. Y no llevaría sable, sino un palo de fregona reconvertido en “arma ancestral”. Eso sí, el bigote seguiría intacto, porque un Taras sin bigote es como un cura sin sotana: una contradicción cósmica.

Este Taras es un padre de barrio, de esos que gritan en las gradas del fútbol base como si estuvieran en la final de la Champions. Tiene dos hijos:

Ostap, que estudia ingeniería pero en realidad dedica su tiempo a diseñar drones caseros con piezas de Aliexpress.

Andríi, que empezó Derecho pero lo dejó por amor… ¡por una influencer polaca que hace vídeos de recetas veganas en TikTok!


Un día, Taras los reúne en el salón, cerveza en mano, mientras de fondo suena un noticiero. Suelta un discurso que dura cuarenta minutos y que podría resumirse en:
—“¡La gloria está en defender el barrio, no en ser abogado ni en subir reels de ensaladitas!”

Los muchachos, medio dormidos, asienten. Hasta que llega el drama: Andríi anuncia que se muda con la influencer a Varsovia, porque le ha prometido un futuro lleno de amor, tofu y patrocinios.

Taras se levanta de golpe, tira la cerveza al suelo como si fuera un ritual cosaco y grita:
—“¡Traidor! ¡Cambias el chorizo de tu tierra por hummus extranjero!”

El barrio entero escucha el alboroto. Los vecinos se asoman a los balcones:
—“¿Otra vez el Bulba?”
—“Sí, pero ahora es por culpa de TikTok.”

Taras, furioso, decide montar una expedición. Ya no hay caballos ni lanzas, así que junta a la peña del bar: tres jubilados, un repartidor de Glovo con moto trucada y la presidenta de la comunidad, que es la que mejor grita. Marchan todos juntos rumbo al aeropuerto, como una procesión gamberra, cantando canciones de taberna desafinadas.

En el aeropuerto, Taras encuentra a Andríi con su influencer, que lleva un anillo de luz y un trípode. El cosaco moderno le suelta un discurso apoteósico sobre la patria, la sangre, el chorizo ibérico y la dignidad de ser del barrio. Pero Andríi solo responde:
—“Papá, es que ella tiene un millón de seguidores. ¡Un millón!”

Y ahí, amigos, a Taras se le rompen los esquemas. Porque en su mundo cosaco, gloria era pelear con espada. Pero en el mundo de hoy, la gloria está en sumar likes.

El relato termina con Taras resignado, uniéndose a TikTok y subiendo vídeos en los que enseña a abrir una cerveza con el bigote. Se hace viral. El primero en darle “me gusta” es, por supuesto, Andríi.


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