FABIOLA
FABIOLA
Abróchate la toga, prepara el incienso y esconde a los leones, porque allá vamos con una crítica literaria muy humorística, jocosa, irreverente, gamberra, enloquecida, alegre y festiva de Fabiola o la Iglesia de las Catacumbas, esa novela decimonónica de Nicholas Wiseman que quiso ser espiritual… y acabó siendo un culebrón cristiano-romano con mártires premium.
FABIOLA: cuando el cristianismo se puso melodramático, romano y con túnica de lujo
1. De qué va esto (o cómo convertir Roma en un anuncio de fe)
Fabiola es, básicamente, una novela que se propone algo muy sencillo y muy modesto: convencerte de que el cristianismo primitivo era lo mejor que le pasó a la humanidad desde el pan con aceite, y hacerlo además con romanos malísimos, cristianos buenísimos y conversiones que ocurren más rápido que una suscripción a Netflix.
Estamos en la Roma pagana, ese lugar tan pintoresco donde todo el mundo adora a dioses rarísimos, se viste con túnicas carísimas y se persigue cristianos como si fueran Pokémon legendarios. En este ambiente hostil aparece Fabiola, noble romana, rica, orgullosa, pagana y con el carácter de alguien que te mira por encima del hombro incluso desde una litera.
La trama es un viaje espiritual: Fabiola pasa de “yo soy romana, poderosa y paso de tus supersticiones” a “soy cristiana, humilde y moriría encantada por la fe”. Todo ello aderezado con persecuciones, catacumbas, mártires sonrientes, diálogos edificantes y villanos con cara de villano incluso cuando piden el pan.
La historia avanza como un tour guiado por la Roma cristiana subterránea, donde cada capítulo parece decir:
“Mira qué malos son los paganos.
Mira qué buenos son los cristianos.
¿Ves? ¿Lo ves ya? ¿Te conviertes o qué?”
Wiseman no pierde el tiempo en ambigüedades: aquí el bien es muy bien y el mal es muy mal, sin matices, sin grises y sin posibilidad de que un romano pagano tenga una tarde decente.
Tenemos persecuciones épicas, reuniones secretas en catacumbas que parecen más bien salones espirituales con iluminación mística, y mártires que afrontan la muerte con una sonrisa tan beatífica que uno sospecha que les han prometido plaza VIP en el cielo.
La novela avanza a base de episodios edificantes, casi como si cada capítulo fuera una estampa para catequesis: hoy toca martirio, mañana conversión, pasado mañana revelación interior con luz divina incluida.
3. Fabiola: la protagonista con arco moral exprés
Fabiola es el centro del asunto. Al principio es altiva, orgullosa, rica y pagana, lo cual en la lógica de la novela equivale a ser casi Satán con sandalias. Ella domina esclavos, desprecia a los cristianos y vive feliz en su ignorancia espiritual.
Pero claro… esto no puede durar.
Poco a poco, gracias a encuentros con cristianos ejemplares (todos absolutamente ejemplares, sin excepción), Fabiola empieza a sentir ese cosquilleo interior que en las novelas religiosas significa:
“Te vas a convertir sí o sí.”
Su evolución es rápida, clara y sin dudas existenciales largas. Nada de crisis profundas: aquí la fe entra directa al corazón, como Wi-Fi celestial sin contraseña.
Eso sí, hay que reconocerle mérito: Fabiola pasa de villana elegante a santa en potencia con una determinación admirable. Cuando se convierte, se convierte con todo, sin medias tintas, sin “bueno, voy probando”. Aquí se entra al cristianismo como quien se lanza a una piscina… llena de martirio.
4. Los personajes secundarios: santos en serie y malos de opereta
Los cristianos que rodean a Fabiola son, en bloque, demasiado buenos para ser humanos. Son pacientes, humildes, sabios, sonrientes ante la persecución y siempre tienen la frase perfecta para elevar el espíritu.
Uno se pregunta:
¿No había ningún cristiano gruñón?
¿Nadie que dijera “hoy no me apetece morir por la fe”?
No. Todos son santos en prácticas, con una serenidad que haría sospechar a cualquier lector moderno.
En el otro extremo están los paganos: crueles, arrogantes, ignorantes y con una clara inclinación por torturar gente buena sin motivo aparente. Son villanos de teatro, de los que entran en escena con música siniestra.
Wiseman no pretende realismo psicológico: pretende propaganda espiritual, y eso lo hace con una honestidad casi entrañable.
5. El desarrollo: emoción, fe y cero ironía
La novela avanza sin ironía, sin distancia y sin autocrítica. Todo se narra con una solemnidad tan absoluta que hoy resulta cómica… pero en el buen sentido.
Hay discursos larguísimos sobre la fe, escenas de martirio que parecen diseñadas para provocar lágrimas automáticas y descripciones de catacumbas tan sublimes que uno imagina música coral de fondo.
El ritmo no es rápido, pero sí constante: siempre está ocurriendo algo edificante, algo que refuerza el mensaje, algo que demuestra que el cristianismo es la respuesta correcta al cuestionario de la vida.
6. El mensaje: por si no te había quedado claro
El mensaje de Fabiola es tan sutil como un martillo romano:
-El paganismo es vacío, cruel y superficial.
-El cristianismo es amor, verdad y salvación.
-La fe verdadera exige sacrificio.
-Morir por una buena causa es estupendo (especialmente si es esta).
No hay ambigüedad. Wiseman no dialoga con el lector: lo evangeliza con entusiasmo literario.
Y, sorprendentemente, funciona… al menos como documento histórico del fervor religioso del siglo XIX.
7. Conclusión: una novela seria… involuntariamente divertidísima
Leída hoy, Fabiola es un festival de solemnidad tan extrema que acaba siendo cómica. No porque se burle de sí misma, sino porque se toma tan en serio que roza lo teatral.
Es una novela:
-apasionada
-doctrinal
-excesiva
absolutamente convencida de su verdad
Y justo por eso resulta tan fascinante.
No es una obra para buscar complejidad psicológica ni ambigüedad moral. Es una epopeya espiritual con túnicas, catacumbas y sonrisas martiriales, escrita con una fe tan ardiente que ilumina incluso al lector más escéptico… aunque sea a base de carcajadas.
En resumen:
Fabiola es un sermón con forma de novela, una catequesis con persecuciones y una joya involuntaria del exceso moral. Y leída con humor, es una experiencia sorprendentemente divertida.
Porque si algo demuestra esta obra es que, cuando la fe se escribe sin freno, la literatura puede convertirse en un espectáculo gloriosamente desmesurado.
Y eso, querido lector, también tiene su encanto.
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Fabiola S.L.: conversión espiritual con Wi-Fi incluido
Fabiola ya no vive en la Roma imperial, sino en un ático con terraza, plantas que se mueren solas y una cafetera que cuesta más que su conciencia. Tiene treinta y pocos, trabaja en marketing digital (porque el mal siempre empieza ahí) y habla con frases como “esto vibra mal” y “yo no creo en nada, pero respeto todo”.
Su religión es el yoga los lunes, el horóscopo los martes y el brunch los domingos. Cree en el karma, pero solo cuando le conviene. Los cristianos le parecen gente rara que canta mal y madruga demasiado.
Todo iba perfectamente mal hasta que, por un error del algoritmo (el nuevo Espíritu Santo), Instagram le empieza a recomendar reels cristianos. Gente sonriendo demasiado. Frases tipo “Dios te ama”. Música suave. Fabiola siente un escalofrío… o puede que sea el aire acondicionado.
Su primera reacción es bloquear. Su segunda, espiar. Su tercera, stalkear a Clara, una antigua compañera de instituto convertida en voluntaria, sonriente, feliz y sospechosamente equilibrada. Clara no presume, no vende cursos y, lo más inquietante, no está amargada.
Fabiola queda con ella “por curiosidad antropológica”. Clara la invita a un centro social donde reparten comida, escuchan a gente y nadie intenta venderle nada. Fabiola entra con cara de “yo esto lo analizo” y sale pensando “¿por qué esta gente no grita ni juzga?”.
Empieza la crisis. Fabiola lee, pregunta, discute. Quiere pruebas, explicaciones, PDFs. Pero nadie le obliga. Eso la desconcierta más que cualquier sermón.
Poco a poco, sin catacumbas pero con cafés largos, descubre que la fe no es postureo, ni castigo, ni superioridad moral. Es algo incómodamente sencillo. Demasiado sencillo para su ego con máster.
Un día, sin avisar, entra en una iglesia “solo para ver la arquitectura”. Se queda sentada. Callada. Sin stories. Sin filtros. Y algo hace clic. No hay rayos, ni música celestial. Solo una paz rara, como cuando apagas el móvil por primera vez en años.
Sus amigos flipan.
—¿Ahora eres creyente?
—No —dice Fabiola—. Ahora soy menos idiota.
No se vuelve perfecta. Sigue llegando tarde, discutiendo y dudando. Pero empieza a escuchar más y a exhibirse menos. Cambia likes por actos, frases grandilocuentes por gestos pequeños.
Fabiola no muere mártir. Muere su personaje.
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