AVENTURAS DE ARTURO GORDON PYM
AVENTURAS DE ARTURO GORDON PYM
¿De qué va este delirio náutico?
Pues bien, el joven Arthur Gordon Pym, cuyo nombre suena a vendedor de seguros victoriano pero que en realidad es un aspirante a Jack Sparrow sin brújula ni vergüenza, decide embarcarse en una aventura marítima secreta, escondido en la bodega de un barco como si estuviera jugando al escondite con la realidad y el sentido común.
Desde ese momento, se nos desata un festival de despropósitos: motines, canibalismo, perros asesinos, tormentas bíblicas, naufragios por triplicado, tribus negras misteriosas y un final tan abrupto que parece que Poe tiró el manuscrito al mar y dijo “¡que lo acabe Neptuno!”.
Sí, la historia se corta en seco, como si alguien le hubiese pegado un tijeretazo a la novela justo cuando iba a llegar el pastel. ¿Premeditado? ¿Error de imprenta? ¿Una estrategia para dejarnos como a Pym: flotando entre tinieblas y sin pantalones? ¡Absolutamente sí! Poe nos lanza por la borda sin salvavidas. ¿Y lo peor? Nos encanta.
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Los personajes: una fiesta flotante del desquicio
Arthur Gordon Pym
El protagonista. O eso dice él. En realidad es más un testigo de las desgracias ajenas que un verdadero héroe. Pym es una especie de Forrest Gump náutico: todo le pasa y él está ahí, siempre con cara de “yo solo venía a ver ballenas”. A ratos parece listo, a ratos parece una lámpara de aceite sin mecha.
Augustus Barnard
El amigo con nombre de whisky escocés que tiene la brillante idea de esconder a Pym en el barco, alimentarlo con botellas de ron y dejarle un perrito llamado Tigre como único contacto con el mundo. Spoiler: no acaba bien. En resumen, Augustus es el tipo de amigo que te lleva a una rave pirata y luego desaparece con el único salvavidas.
Dirk Peters
Este sí que es un personaje. Una especie de simio humano con corazón de peluche y dientes de sierra, mezcla entre Hulk, Tarzán y un taburete rústico. Dirk es lo mejor del libro: valiente, fuerte, feo como un lunes, pero fiel como un GPS emocional. El que no lo ame, no ha leído bien.
El barco: el verdadero protagonista
Sí, porque el Grampus, el Jane Guy y todos los botes inflables que aparecen son casi personajes con voluntad propia: se hunden, se incendian, se amotinan, se rompen, te escupen al océano y luego te mandan un mensaje pasivo-agresivo en código morse.
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Trama: o cómo encadenar catástrofes sin pestañear
Esto no es una novela, es un menú degustación de calamidades marinas.
Empieza con un adolescente colándose en un barco como si fuera a un festival sin entrada.
Sigue con un motín donde todos se matan entre todos, menos los protagonistas que sobreviven por puro despiste ajeno.
Luego viene una épica secuencia de hambre extrema, donde contemplamos la dieta pirata más efectiva del siglo XIX: cuero hervido, ropa mojada, y ¡chan chan! canibalismo entre coleguis. Porque si tu amigo no te sirve de comida en una emergencia, ¿es tu amigo de verdad?
Y cuando por fin los rescatan (¡milagro!), ¡se embarcan en otro barco! ¿Por qué? ¡Porque la estupidez humana no tiene límites!
El nuevo barco, el Jane Guy, los lleva a una isla misteriosa llena de nativos negros que primero son amigables y luego te quieren hacer zumo humano. Un clásico.
Y finalmente, cuando todo está por estallar... ¡Bam! ¡Final abstracto! ¡Misteriosa figura blanca! ¡Turbulencia metafísica! ¡Y el telón cae sin aviso!
Es como si Poe estuviera jugando a los dados con Lovecraft y Melville mientras se reían de nuestra confusión.
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¿Y el mensaje? ¿¡HAY MENSAJE!?
Esto es lo más fascinante: “Arthur Gordon Pym” parece no tener ningún mensaje... y a la vez tener todos. Es un relato:
Sobre el miedo a lo desconocido (hola, nativos crípticos y figura blanca que parece sacada de un sueño de cocaína).
Sobre la estupidez humana (¡embarquémonos otra vez, que la primera vez fue divertida!).
Sobre lo frágil que es la civilización, que se cae a pedazos a la primera tormenta o falta de galletas saladas.
Sobre el horror existencial, los límites del lenguaje, el racismo velado y... la absoluta imposibilidad de entender qué narices pretendía Poe.
Lo mejor es que Poe lo presenta como un documento real. ¡REAL! Como si Pym existiera y el manuscrito fuera encontrado entre los restos del Titanic. Es el "Blair Witch Project" del siglo XIX, pero con menos brujas y más ahogados.
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El final: el arte de frustrar elegantemente
¿El final está incompleto? Claramente. ¿Es a propósito? Seguramente. ¿Está Poe riéndose desde el más allá? ¡Sin duda!
La novela se interrumpe con una nota editorial diciendo que “el resto del manuscrito se ha perdido”. ¡Pero claro que sí! ¿Qué sería más poético que una historia sobre la oscuridad del alma humana que termina justo cuando la cosa se pone albina y cósmica?
Pym y Dirk ven una figura blanca enorme, una especie de ángel de harina flotante, y… nada más. Ni un epílogo, ni un pie de página, ni un “continuará en Netflix”. Nos deja ahí, flotando en el vacío como medusas lectoras.
Es una jugada maestra: un “no final” que se convierte en el final más recordado de toda la literatura náutica gótica y enloquecida.
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Conclusión: naufragamos felices
Leer Las aventuras de Arthur Gordon Pym es como meterse en una atracción de feria manejada por un tipo con un parche en el ojo, dos copas de más y un doctorado en simbolismo pesadillesco.
Es:
Una historia de aventuras que se devora con los ojos abiertos y la mandíbula desencajada.
Un desfile de catástrofes que hacen que Titanic parezca una comedia romántica.
Un experimento literario entre lo gótico, lo aventurero, lo racista (sí, hay que decirlo), lo simbólico y lo puramente enloquecido.
Un clásico al que puedes amar, odiar o ambas cosas al mismo tiempo. Como a un gato con complejo de capitán pirata.
Y aunque el final sea un grito de silencio, una interrupción salvaje, una broma cósmica, una albura inacabada… nos deja pensando, riendo, confusos y encantados, como si hubiéramos sobrevivido a un naufragio literario con los pelos de punta y el alma hecha un nudo marinero.
Poe no terminó la novela. Pero nosotros sí terminamos leyéndola. Y eso ya es una odisea en sí misma.
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ARTURO GORDON PYM Y LA AVENTURA QUE SALIÓ DE UN GRUPO DE WHATSAPP
Arturo Gordon Pym era un chaval de veintipico con alma de aventurero y cerebro de influencer. No sabía mucho de barcos, pero sí de podcasts de misterio, TikToks de supervivencia y tutoriales de "cómo sobrevivir al apocalipsis zombi con una bolsa del Mercadona". Un día, aburrido en casa y harto del precio de los cafés con leche de avena, leyó un post que decía:
> "¿Te gustaría embarcarte GRATIS en una expedición a la Antártida para grabar un reality indie? Buscamos almas intrépidas. Comida no incluida. Ni seguro médico."
Y claro… Arturo pensó: “¿Qué puede salir mal?”.
Spoiler: TODO.
Se apuntó. Su madre le hizo una mochila con tuppers de lentejas y un gorro con pompón. Su padre le regaló una brújula… de decoración. Y su primo Augusto, un friki de los mapas antiguos, lo acompañó porque "seguro que hay WiFi en la Antártida". Ja.
Subieron a un barco de dudosa flotabilidad llamado “El Grampus 2.0”, capitaneado por un tipo tatuado hasta las pestañas que decía llamarse “Capitán Peters”, pero en realidad se llamaba Ramiro y había trabajado en el Oceanográfico de Valencia hasta que soltó a un calamar en la cafetería.
El barco llevaba a un equipo diverso: un chef vegano, dos youtubers de misterio, un tipo que creía ser la reencarnación de Julio Verne, y un perro robótico llamado Tigre que solo ladraba en binario.
Y entonces… el caos.
Primero, el chef vegano se amotinó porque encontraron una salchicha en el congelador. Luego el motor se rompió tras un reto de TikTok que consistía en “meter chicles en la hélice y ver qué pasa”. Siguió un temporal que convirtió el barco en una lavadora de gente. Luego el GPS empezó a dar vueltas y los llevó a una isla que no salía en Google Maps, llena de pingüinos sospechosamente organizados.
Allí, los locales (sí, eran pingüinos en bata) les ofrecieron cacao caliente y... los intentaron adoptar como mascotas humanas. El Capitán Peters fue domesticado en cinco minutos. Arturo y Augusto escaparon en un flotador con forma de unicornio.
Y cuando creían que lo peor había pasado, apareció una figura blanca gigante en el horizonte… que resultó ser una estatua hinchable de Elsa de Frozen atrapada en un iceberg.
Al final, los rescató un crucero de jubilados que pensaban que todo era una performance teatral. Arturo volvió a casa, abrió un canal de YouTube llamado “Casi me adopta un pingüino” y se hizo viral.
Y sí, aún sueña con la figura blanca de Elsa. Y con no volver a comer lentejas en alta mar.
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