AMAYA (LOS VASCOS EN EL SIGLO VIII)

AMAYA (LOS VASCOS EN EL SIGLO VIII)




Aquí tienes una crítica literaria digna del monte Ernio, con boina, txapela y espada goda en mano. Agárrate fuerte, que allá vamos con “Amaya o los vascos en el siglo VIII” de Francisco Navarro Villoslada: una epopeya medieval católica-nacionalista donde los godos hacen yoga, los vascones bailan aurresku sobre ruinas romanas, y las revelaciones divinas vuelan más que las piedras en una guerra de frontón.


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¿Qué es esto y por qué huele a incienso?

“Amaya” es el intento más entusiasta del siglo XIX por hacer que la historia parezca una telenovela vasca con mensaje patriótico-católico. El autor, Navarro Villoslada, se nos pone romántico, historicista, nacionalista, religioso y, sobre todo, muy, muy dramático. Esto no es una novela, es una misa en euskera recitada por gladiadores. Es como si Walter Scott hubiera tenido una visión mística en Roncesvalles después de comerse una alubiada.

La historia se sitúa en el siglo VIII, cuando los musulmanes aún están calentando motores en Al-Ándalus, los godos andan más perdidos que un monje en una rave, y los vascos todavía no saben si quieren ser paganos, cristianos o directamente héroes de Marvel con sotana. Todo ello ambientado en un paisaje norteño que parece un anuncio de queso Idiazábal.


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Trama principal (la historia de nunca acabar)

La novela gira en torno a Amaya, una noble vascona de belleza epopéyica, dulzura celestial y un pelo que no se despeina ni en la batalla. Está comprometida (en espíritu, que esto es casto) con Garcés, un príncipe godo que lo mismo da mandobles que reza el rosario. Hasta aquí, suena a amor inter-étnico como Romeo y Julieta, pero con más barba y menos veneno.

Pero —¡ay, amigo lector!— nada es tan simple. Amaya es pagana (por ahora), y su tío Amagoya y su madre Soraide son guardianes de una mística tradición ancestral vasca que adora a los dioses de la montaña, la tierra, y probablemente a algún marmitako sagrado. Sin embargo, el mensaje cristiano empieza a hacer mella en la familia, especialmente porque Dios, en esta novela, interviene con la frecuencia de un tertuliano en televisión.

Mientras tanto, la amenaza musulmana se cierne sobre la península. El mundo godorreligioso está derrumbándose más rápido que un castillo de arena en la Concha, y el autor lo aprovecha para meter discursos religiosos, visiones, profecías, banderas ondeando, y toda una sinfonía de “¡Reconquista, reconquista!” que haría llorar de emoción al mismísimo Cid.


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Subtramas: traiciones, visiones y boinas al viento

Entre las tramas secundarias tenemos de todo:

Pacomio, un judio converso medio sabio, medio oportunista, que va por ahí dejando caer datos como si fuera Google.

Eudes, un caballero cristiano que parece sacado de una procesión con espada.

Un tal Fruela, que por lo visto es padre de un futuro rey, pero que aquí está más liado con salvar a la patria que con cambiar pañales.

El siempre misterioso Teodosio de Goñi, un penitente legendario, una especie de Batman medieval que se flagela por hobby y tiene encuentros místicos con santos y visiones como quien ve TikToks.


Y luego está Asier, un vasco de los de antes, con más músculo que razonamiento, que representa la tradición guerrera del pueblo vasco, antes de que se les ocurriera inventar el bombín. Él quiere pelear, no hablar de Dios ni de pactos con los godos. ¿Cristianismo? ¿Eso se come con chistorra?

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Amaya, la heroína que siempre está iluminada por una luz mística

Amaya no solo es bella, sino que además es santa en potencia, virgen perpetua, y probablemente alérgica al pecado. Cada vez que aparece, el ambiente se vuelve etéreo, el aire huele a incienso, y los personajes se sienten indignos de respirar el mismo oxígeno que ella.

La pobre empieza la novela con dudas existenciales (¿Paganismo? ¿Cristianismo? ¿Croquetas de bacalao?) pero a medida que avanza la historia, va recibiendo señales místicas como si fuera una influencer del cielo. Se convierte, claro, y con ella, ¡el pueblo entero! Así se evangeliza: con ternura, milagros, y un pelazo divino.


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La familia vasca: entre la mística y la bronca

La saga familiar de Amaya no tiene nada que envidiar a un drama griego:

La madre es pagana nivel experto, pero con trauma incluido.

El tío vive obsesionado con mantener la tradición vasca como si tuviera un museo en casa.

El primo se debate entre seguir al sol de los ancestros o a Jesucristo Superstar.


Aquí hay conversiones familiares más intensas que discusiones navideñas. Pero tranquilos: todo acaba con bautismos, reconciliaciones, y abrazos dignos de una misa de domingo retransmitida por TVE.


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Musulmanes al fondo, con cara de malos del Disney

La invasión musulmana es la excusa histórica para que todos los personajes se pongan de acuerdo y digan: “¡A las armas, hermanos!” Pero como estamos en una novela escrita en pleno XIX español, los musulmanes son poco más que sombras amenazantes, casi entes diabólicos que vienen a arrebatar la fe, las tierras y las alpargatas. Todo muy sutil, como puedes imaginar.

Eso sí, gracias a su aparición, los cristianos se dan cuenta de que o se unen o acaban todos con turbante. Así que, milagrosamente, vascones y godos se dan la mano, cantan un salmo, fundan el Reino de Navarra (¡spoiler histórico!) y se lanzan a la reconquista como si fuera el final de una película de Marvel con caballos.

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Religión everywhere (hasta en los calzoncillos)

Navarro Villoslada no se anda con tonterías: el catolicismo aquí es la salvación del alma, de la patria, del pueblo vasco, de la humanidad, y posiblemente de la humedad en las paredes. Cada página huele a santidad, cada personaje tiene su revelación, y hasta el perro del pueblo podría acabar beatificado si sigue portándose bien.

La religión no solo estructura la trama: la dirige como si fuera un GPS divino. Los personajes no deciden, Dios decide por ellos y se lo comunica a través de sueños, ángeles, relámpagos o mensajes en pan de pueblo. Uno acaba con la sensación de que nadie va al baño sin una consulta previa al Espíritu Santo.


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Mensaje: cristianismo, unidad y… ¡vasquismo for ever!

La novela es un canto —en gregoriano, claro— al pueblo vasco como bastión indestructible del cristianismo. La idea es que, mientras los godos hacían el idiota y los musulmanes avanzaban, los vascos aguantaban el tipo entre montes, cruces y jamones, esperando el momento justo para lanzarse a salvar la cristiandad entera.

Y ojo, que el mensaje no es sutil: si no eres cristiano, estás equivocado. Si no eres vasco, bueno… aún tienes salvación. Pero si eres pagano, musulmán o no tienes nombre de pila terminado en "-ez", estás frito. El autor no se anda con matices, porque los matices son para los tibios, y aquí se viene a sufrir por la fe con pasión y con alpargata.


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Conclusión: Épica, mística, y un poquito loca

“Amaya o los vascos en el siglo VIII” es como si hubieran mezclado la Biblia, la Eneida, la historia de España y una fabada mística. Es una novela grande, exagerada, redentora, delirante, apoteósica y profundamente católica, que convierte cada escena en una cruzada interior y exterior.

Es también una rareza literaria, una especie de reliquia en forma de novela, que nos permite ver cómo se imaginaba el pasado en pleno siglo XIX con más fervor que documentación, más santidad que arqueología y más boina que toga romana.

En resumen:
Si te gustan las novelas con acción, fe, visiones, traiciones, boinas sagradas y redenciones con eco, “Amaya” es tu misa. Perdón, tu libro.

Y si no… siempre puedes leerla como quien se asoma a un retablo barroco: con los ojos muy abiertos, el espíritu dispuesto, y una sonrisa ante tanta épica con txapela.

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AMAYA 2.0: Reconquista en Zapatillas
Era un martes, y como todo buen martes moderno, empezaba con una alerta en el móvil:
“Tu destino espiritual y el de Euskal Herria están en peligro. Actualiza tu fe.”
—¿Otra vez la app de San Millán? —gruñó Amaya, influencer de montaña, experta en yoga vasco y dueña de una tienda online de txapelas sostenibles.

Amaya vivía en un caserío reformado, con calefacción de biomasa y gallinas que ponían huevos con mensajes motivacionales. A su lado, su perro Fénix (mestizo pero con nombre de ave mitológica) ladraba ante la llegada de Garci.
Garci era godo. Bueno, más bien godín. Trajeado, con corbata hortera y portátil bajo el brazo, trabajaba en una startup de reconversión espiritual con IA. Cada lunes rezaba vía Zoom y los domingos subía a misa en bici eléctrica.

—Amaya —dijo con tono de tráiler épico—, los algoritmos han hablado. ¡La reconquista empieza hoy!
—¿Pero no era el finde? —Amaya se ajustó su boina con holograma— Tengo zumba ancestral y luego bautizos por streaming.

Entonces apareció Asier, primo de Amaya, vasco de los de antes. Forzudo, con barba de leñador y camiseta de “Aita Gaua”, defendía las tradiciones con tanto entusiasmo que solo usaba GPS si le marcaba cuevas sagradas.
—¡La invasión musulmana 2.0 viene por redes sociales! ¡TikTok está lleno de bailes heréticos!
—¿Qué bailes? —preguntó Garci.
—¡Esto! —gritó Asier, y se puso a bailar una mezcla de aurresku, breakdance y exorcismo.

En ese instante, llegó la madre de Amaya, Soraide, con turbante de yoga y aroma a incienso bio.
—Hija, recuerda tus raíces. No olvides que desciendes de los Atapuerca deluxe.
—Ama, tranquila —respondió Amaya—. He hecho un podcast sobre eso.

Mientras tanto, en el sur, el algoritmo enemigo se activaba: el influencer musulmán Al-TikToki preparaba su conquista cultural. Su ejército: milenials con turbante y hashtags.
El conflicto era inminente. Pero antes, Amaya debía decidir: ¿seguir con Garci y su fe en la nube, o unirse a Asier y su lucha ancestral por el frontón libre?

Fue entonces cuando el cielo se abrió y se escuchó un ping:
“Dios te ha dado match. Desliza hacia la redención.”

Amaya sonrió.
—Vale. Vamos a reconquistar esto… pero con WiFi.

Y así, entre memes, milagros, txistorra vegana y exorcismos en TikTok, comenzó la nueva epopeya:
¡La reconquista digital de la fe vasca!

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