ROJO Y NEGRO
ROJO Y NEGRO



ROJO Y NEGRO: UN CHICO LISTO EN UN MUNDO DE MEMOS
Si Rojo y negro fuera una película actual, tendría de protagonista a un joven guapetón con cara de listo, rodeado de ricachones estirados con mentalidad de cabestro y señoronas que suspiran como adolescentes. Y lo mejor es que esta historia es real como la vida misma.
La gran pregunta: ¿de qué va este novelón?
Básicamente, de un chico humilde pero más avispado que un lobo con hambre en un gallinero. Se llama Julien Sorel, hijo de un carpintero bruto que le pega por leer libros en lugar de partir troncos. ¿Qué hace Julien? Pues decide que, si el mundo está lleno de idiotas, él los va a usar como escalones para subir bien alto.
Para ello, tiene dos opciones:
1. El rojo, o sea, la carrera militar (pero Napoleón ya no está, y sin Napoleón, los soldados son solo adornos con uniforme).
2. El negro, es decir, hacerse cura (aunque cree en Dios menos que un gato en el vegetarianismo).
Como buen oportunista, elige el negro y entra en un seminario, aunque en el fondo lo que quiere es poder, dinero y glamour. Porque Stendhal nos lo deja claro: en esta sociedad, los mediocres triunfan y los listos tienen que fingir que son idiotas para que no los destruyan.
La táctica Sorel: "Tú finge y verás cómo caen"
Julien sabe que la gente poderosa no está acostumbrada a que les lleven la contraria. Así que se mete en la casa del alcalde de su pueblo como tutor de los niños y seduce a la esposa, la señora de Rênal. Así, de paso, se venga de su niñez de pobre: ahora duerme con la esposa del ricachón.
Pero, ¡ay, el amor! Porque la señora de Rênal no es solo un trampolín: acaba enamorado de ella. Lo que en principio era un "experimento social" se le va de las manos. Y encima, cuando lo descubren, el muy torpe se tiene que largar corriendo.
El ascenso social y la caída por un escote
Gracias a unos enchufes y contactos, Julien sube más y más. Se vuelve una especie de influencer de la política del siglo XIX, con aristócratas que le abren las puertas porque parece un joven prometedor. Así que llega a París, donde conoce a Mathilde de la Mole, una pija insoportable, intensa y más inestable que un helado al sol.
Mathilde es el tipo de chica que quiere algo solo cuando no lo tiene. Como Julien la ignora, se obsesiona con él. Y, claro, como en esa época no había redes sociales para dejarle indirectas, decide seducirlo a la vieja usanza: conversaciones filosóficas, desprecio y miradas dramáticas.
Cuando por fin Julien cae, Mathilde pierde el interés y lo trata como si fuera un trapo viejo. Pero, ¡sorpresa! Descubre que está embarazada y de repente se convierte en la mayor fan de Julien. Quiere que él brille en sociedad y le pide a su padre que le dé un cargo importante. Y ahí, cuando parece que nuestro Julien ha ganado, llega la carta bomba.
Una carta, una pistola y una ejecución muy francesa
La señora de Rênal, sí, aquella con la que tuvo su primer affair, le escribe a Mathilde diciéndole que Julien es un trepa sin escrúpulos. En lugar de actuar con elegancia y salir corriendo, Julien se vuelve loco, se compra una pistola y le mete un balazo a la señora en plena misa.
¡Pero calma! La señora no muere. Solo queda un poco perjudicada. Pero a Julien lo pillan y lo mandan a juicio. Y aquí tenemos uno de los mejores momentos de la novela: en lugar de llorar, de pedir perdón o de intentar salvarse, Julien suelta un discurso incendiario en el que básicamente dice:
> "Ustedes me odian porque soy un mindundi que se atrevió a jugar en su club de ricos. Pues bien, ¡que viva la Revolución!".
Spoiler: esto no ayuda.
Lo condenan a muerte. Y aunque Mathilde intenta mover cielo y tierra para salvarlo, el muy romántico prefiere morir con dignidad. En su última noche, quien lo visita es la señora de Rênal, que todavía lo ama. Porque sí, amigos, a Stendhal le encantaba este tipo de tragedias sentimentales.
Finalmente, Julien es guillotinado y Mathilde, en un último arranque de drama, agarra su cabeza cortada y la entierra como si fuera un tesoro. Muy normal todo.
Conclusión: ¿Julien era un genio o un bobo?
Stendhal nos deja con un dilema: ¿Julien fue un héroe de la inteligencia o un insensato? Por un lado, logró escalar socialmente cuando todo estaba en su contra. Pero, por otro, tiró todo por la borda por un arrebato pasional.
Podría haber sido un Napoleón de los salones, pero acabó como un protagonista de telenovela turca. Y ahí está la magia de Rojo y negro: nos muestra que el mundo es una jungla donde el que no juega bien sus cartas acaba sin cabeza (a veces, literalmente).
Si algo nos deja claro esta novela, es que:
La aristocracia francesa estaba llena de gente con menos cerebro que un zapato.
Enamorarse es peligroso si eres un trepa con un plan maestro.
Hay que pensar bien antes de llevar una pistola a la iglesia.
Y con esto, cerramos la crítica. Si no la han leído, léanla. Y si ya la leyeron, léanla otra vez. Porque siempre es divertido ver a un joven astuto intentar vencer al sistema… y fallar estrepitosamente.
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ROJO Y NEGRO 2.0: JULIEN EN LA ERA DEL POSTUREO
Julien Sorel ya no es hijo de un carpintero. Su padre tiene un taller de coches en un barrio de las afueras y él, en lugar de partir leña, aprendió a tunear motos. Pero eso no era vida para él. No, no. Julien tenía un plan: hacerse rico y poderoso usando su mejor arma: su cara de niño bueno y su capacidad para fingir que le interesa lo que dicen los demás.
Para trepar en el mundo actual, Julien tenía dos opciones:
1. El rojo: Hacerse influencer de política y tirarse 10 años discutiendo en Twitter hasta conseguir un cargo.
2. El negro: Enchufarse en la Iglesia o en cualquier institución con futuro asegurado.
Eligió lo segundo. Porque un buen trepa, siempre elige el camino con menos competencia.
"Dios te bendiga, alcalde" (y a su esposa también)
Gracias a un cura de barrio que veía potencial en él (o que simplemente quería deshacerse de él), Julien terminó trabajando de profesor particular en casa de un alcalde forrado. Su misión: enseñar francés a los niños. Su objetivo real: entrar en la alta sociedad sin pagar entrada.
Ahí conoció a Señora de Rênal 2.0, una mujer aburrida que pasó de leer novelas románticas a maratonear series turcas en Netflix. Julien, que tenía el carisma de un actor de telenovela, se convirtió en su obsesión. Al principio ella lo miraba con culpa, pero al final acabaron enamorados y con más adrenalina que dos adolescentes escondiéndose del profe en los pasillos.
Pero, como en todo drama, la tragedia llegó por WhatsApp: el chisme se filtró en el grupo de mamás del colegio y Julien tuvo que salir por patas.
Los ricos también lloran (y manipulan)
Con contactos y un currículum que decía "experto en educación y comunicación", Julien consiguió un trabajo en una fundación pija en Madrid. Y ahí apareció Mathilde de la Mole versión 2024: influencer de padres millonarios, feminista cuando le convenía y con más seguidores en Instagram que amigos en la vida real.
Ella lo veía como "interesante". Julien la veía como "un billete dorado al lujo". Jugaron al gato y al ratón, pero cuando por fin Julien la conquistó, ella perdió el interés y se puso a subir TikToks depresivos con frases de Nietzsche.
Hasta que se enteró de que estaba embarazada. Entonces, se obsesionó con hacer de Julien un hombre poderoso y digno de la familia. Pero…
¿Julien, por qué eres así?
Justo cuando todo iba bien, llegó un e-mail de la Señora de Rênal. Julien, en un arrebato de drama, se presentó en su casa con una pistola de agua y un ataque de celos medieval.
Resultado: la señora le bloqueó, Mathilde lo canceló en redes, el alcalde le metió una denuncia… y Julien terminó de community manager en un convento, escribiendo posts motivacionales con versículos bíblicos y emojis.
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