PABLO Y VIRGINIA

                                                                                                                              PABLO Y VIRGINIA                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             ¡Vamos allá! Prepárate para una crítica totalmente desvergonzada y sin piedad de Pablo y Virginia, esa novela que empieza con dulzura tropical y termina arrastrándonos al fondo de las aguas como una roca de la tragedia más lacrimosa. Bernardin de Saint-Pierre, su autor, construye una especie de “cuento perfecto” que pasa del idilio caribeño al cataclismo romántico de manual. Así que no te preocupes, aquí nada de blanduras; ¡vamos con toda la artillería humorística para diseccionar este dramón paradisíaco!

Una isla “de fábula” y dos personajes melifluos

La historia comienza en la Isla Mauricio, ese escenario exótico y paradisíaco donde el clima es de ensueño y la vegetación es tan abundante que seguramente cualquier vegetariano moderno moriría de la envidia. En este lugar idílico, nos presentan a nuestros protagonistas: Pablo y Virginia, dos jóvenes tan tiernos y dóciles que podrían haber sido criados por Disney y alimentados a cucharadas de miel y caramelo.

Desde niños, Pablo y Virginia han crecido juntos, inocentes, bajo el amparo de sus madres que, para redondear la caricatura, también se quieren muchísimo entre ellas. Aquí tenemos a dos figuras maternales que parecen competir por el premio a la mejor madre del Caribe. ¿Qué tenemos entonces? Un mundo tan perfecto que huele a almíbar y colores pastel. Todo en sus vidas son paseos bucólicos y caricias al viento, cual anuncio de pasta de dientes en el que nadie tiene problemas y el único enemigo es el sarro.

Ahora, ¿dónde está la gracia de vivir en un paraíso si uno no sufre? Bernardin pensó lo mismo, porque la dicha idílica tiene que estropearse, obviamente. Así que, antes de que podamos decir “agua de coco,” el autor mete el dedo en la llaga y trae los dilemas que sabemos que se avecinan: la amenaza de la civilización europea, esa malévola realidad de la que nadie puede escapar. Todo empieza con la carta de una tía millonaria de Virginia, una especie de Cruella de Vil en versión rococó, que quiere llevársela a Francia para “educarla”. ¡Ah, las nobles intenciones de la nobleza!
La civilización (sí, Europa) viene a arruinar el paraíso

Aquí tenemos el primer gran “¡zas!” de la historia. En la visión de Bernardin, Francia representa el mal absoluto: el lugar donde la inocencia se pudre como una fruta al sol. ¿Por qué Virginia no puede quedarse en la isla con Pablo, mordisqueando piñas y haciéndose selfies naturales con vistas al mar? Porque eso sería demasiado fácil, querido lector. La tía siniestra está convencida de que la pobre Virginia necesita los modales de París, y Bernardin nos lleva a la odiosa separación de los dos tortolitos como si se tratara de una tragedia griega.

Así que ahí va Virginia, con el corazón hecho trizas y llevándose toda su dulzura a ese "lugar frío y civilizado” (porque el paraíso no tiene cabida en el Viejo Mundo). Pablo, por supuesto, queda abandonado en la isla como un Romeo tropical, suspirando y mirando al horizonte. Aquí podríamos pensar que tal vez Pablo aprovecharía la ocasión para desarrollarse un poco como persona. Pero no. ¿Por qué cambiar? ¡Mejor quedarse plantado como un héroe sentimental digno de un capítulo de telenovela!

La tragedia azucarada se vuelve un desastre marino

Por si fuera poco, cuando finalmente Virginia decide volver a la isla (¡bendita sea la desobediencia hacia las tías!), Saint-Pierre nos regala una escena de catástrofe que ni Spielberg podría imaginar. El barco en el que viene se hunde en una tormenta apocalíptica, y en lugar de encontrar a una Virginia lista para el reencuentro, ¡nos dan un final de los que hacen llorar hasta a los cactus! Aquí llega el colmo del drama: el agua arrastra a la pobre Virginia, como diciendo “si no puedes ser civilizada, tampoco serás feliz”.

Pablo, por supuesto, presencia todo esto desde la orilla, incapaz de salvarla. ¡Ay, pobre Pablo! Que uno hasta se pregunta si en lugar de quedarse mirando el desastre como un espectador más, podría haberse lanzado al rescate. Pero no. Parece que nuestro héroe estaba más para el llanto y el lamento. Y ahí termina nuestra historia de ensueño tropical; con Virginia convertida en mártir oceánica y Pablo quedándose solo para siempre.(Nota aclaratoria,el libro está "basado en una historia real",como los telefilmes de la sobremesa, y Pablo no estuvo solo para siempre,murió de penita a los dos meses.... están enterrados juntos, debajo de un cocotero...esto último no lo he podido comprobar, pero si sois ricachones podéis ir a ver la tumba).

¿Qué nos quiso decir Bernardin con este final?

La moraleja, en teoría, es un discurso moralizante y pseudo-religioso: la idea de que el paraíso es inalcanzable, que los seres inocentes son destrozados por la avaricia y el orgullo del mundo “civilizado.” ¡Vamos, toda una lección digna de una fábula amarga! Aquí Bernardin nos clava la enseñanza como si fuese un cucharón de sopa rancia: el amor puro y virginal no puede prosperar porque el mundo es una máquina trituradora de inocencia.

¿Acaso Bernardin no pudo inventar un final menos destructor? Parece que no, porque Pablo y Virginia es la clase de historia que necesita desesperadamente recordarnos que los buenos, los puros, y los inocentes, están destinados a morir jóvenes y bellos. Así que nada de happy endings ni giros de última hora. Aquí nos vamos todos a llorar al océano.

Los personajes: inocencia y dramatismo a la décima potencia
Y hablemos de los personajes. ¡Qué par de almas indefensas! Pablo y Virginia son tan puros que dan ganas de ponerles un marco y colgarlos en el museo de la inocencia humana. No tienen maldad, ni un pensamiento egoísta. ¡Nada de pasiones oscuras! Cualquier amago de emoción intensa está cubierto de una pátina de ternura; si Bernardin les hubiera dado un poco más de picardía, ¡quién sabe! A lo mejor Virginia hubiese decidido quedarse en Francia y dedicarse a la vida bohemia, y Pablo habría superado el golpe dándose al ron en alguna playa.

Pero no. En su lugar, Bernardin nos ofrece una versión idealizada de la pureza que raya en lo absurdo, porque estos dos personajes parecen ser inmunes a cualquier cosa que no sea la adoración mutua. ¡Y que alguien les enseñe a ser prácticos! Si te separan de tu amor de juventud, no te quedas ahí en una isla mirando al horizonte. ¡Te buscas una alternativa, un hobby, una meta!

Un drama que parece sacado de un catálogo turístico

En última instancia, Pablo y Virginia nos deja la sensación de que Saint-Pierre podría haber sido un gran publicista. Nos presenta la isla Mauricio como el lugar donde los sueños de amor más puros pueden existir (hasta que llega la civilización). La naturaleza es perfecta, el clima es perfecto, y todo el paisaje parece un folleto para un resort caribeño donde solo falta que un animador te ofrezca un cóctel en coco.

Sin embargo, uno termina la novela preguntándose: ¿por qué tanto esfuerzo en crear una utopía solo para acabar hundiéndola en el mar? Es como si Bernardin nos dijera: “Miren lo perfecto que puede ser el amor… y ahora vean cómo lo destruyo.” ¿De verdad no había otra salida? ¿Tanto había que castigar la inocencia?

Conclusión: el romance al estilo Saint-Pierre

Al final, Pablo y Virginia es una historia que arranca con la delicadeza de un ramo de flores tropicales y termina como una tormenta. Saint-Pierre, en su afán por crear el drama romántico definitivo, se fue tan lejos que acaba convirtiéndolo en una tragicomedia involuntaria. No hay otra opción que tomarse el final como un “desliz” literario: de tan excesivo, resulta divertido.

Así que si estás listo para vivir una historia que pasa de la miel al vinagre en unas pocas páginas, Pablo y Virginia es para ti. Aunque tal vez necesites algo fuerte para digerirlo, porque esta historia de amor, con toda su ingenuidad y su tragedia innecesaria, se las trae. Eso sí, léela cerca de la orilla del mar, por si te apetece llorar un poco al océano en honor a Virginia. ¡Pero cuidado, que si Bernardin tiene algo que ver, quizás te arrastre una ola!

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Pablo es un joven que, si bien no tiene ni la menor idea de qué hacer con su vida, ha conseguido un trabajillo temporal en un chiringuito de playa. Sus días consisten en servir mojitos (aguados) y cargar hamacas para turistas que insisten en preguntarle si “de verdad hace calor o es el sol.” Pablo sueña con una vida más emocionante, pero su única aventura diaria es evitar que las gaviotas se lleven las patatas fritas de los clientes.

Virginia, por otro lado, es una joven entusiasta, amante de las redes sociales y las frases inspiracionales que nunca aplica. Harta de la monotonía en su pueblo, decidió mudarse a Lloret en busca de “aventuras y glamour” (porque, claro, ¡qué lugar más glamuroso que Lloret!). Trabaja en una tienda de souvenirs, vendiendo flotadores en forma de flamenco y sombreros con el eslogan “Viva la fiesta”. Su rutina diaria es pedirle a su jefe que baje el volumen del reguetón y reponer pulseras de conchas.

Una tarde cualquiera, Pablo y Virginia se encuentran. Él está luchando contra una sombrilla rebelde que amenaza con llevárselo volando; ella, haciéndose un selfie con la etiqueta #BeachVibes. En medio del caos, Pablo tropieza y cae justo delante de Virginia, que, embelesada, ve en él al “amor de su vida” (o al menos, al amor de esa semana). Pablo se levanta con arena hasta en las cejas y una expresión de confusión, pero acepta la ayuda de Virginia, que ya se ha imaginado toda una vida juntos viajando por el mundo y siendo una de esas parejas “perfectas” de Instagram.

Pronto, deciden darse una oportunidad como pareja, y Pablo, que es un romántico de manual, la invita a una cita en un restaurante elegante… o lo que él considera elegante, que en este caso es un buffet libre donde pueden comer pizza, paella y churros en un mismo plato. Virginia, aunque un poco decepcionada, no dice nada. Sabe que cada relación necesita “esfuerzo”, como leyeron sus seguidores en una de sus publicaciones.

La noche continúa en un karaoke, donde ambos, ya bastante entonados (gracias a la sangría de garrafón), deciden interpretar una versión desgarradora de “Bésame mucho.” Los turistas los miran entre desconcierto y horror, pero ellos están en su burbuja de amor. A todo esto, Pablo decide pedirle a Virginia que se “mude a su vida,” pero Virginia tiene otros planes: la tía Encarna, la familiar “ricachona” que vive en Ampuriabrava, ha ofrecido pagarle un máster en “influencerismo” en Barcelona.

Virginia, entre lágrimas de “amor eterno,” le promete a Pablo que volverá. Pablo, con el corazón roto, se queda mirando la playa mientras Virginia se sube a un autobús rumbo a su "destino" como estrella de las redes. Y ahí queda Pablo, suspirando como un héroe de culebrón, mientras las gaviotas le hacen compañía y su jefe le grita que vuelva a trabajar.

Al final, la última foto de Virginia en su cuenta de Instagram es un selfie con el filtro de lágrima: “Nunca te olvidaré, Lloret… ni a ti, Pablo.”

                                                            

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