EL ALCALDE DE ZALAMEA

EL ALCALDE DE ZALAMEA                   





 ¡Ah, El alcalde de Zalamea! Esa obra de teatro de Calderón de la Barca que, de un plumazo, nos lleva a la España del Siglo de Oro, donde los duelos de honor y las botas altas eran tan comunes como los bigotes de cera. Este drama es una joya de la literatura barroca, pero vamos a dejar de lado el análisis tradicional para ponernos un poquito gamberros y ver el lado más mordaz de esta historia.

Trama: Cuando el Honor Es una Moneda de Cambio (y una Motosierra) La historia se desarrolla en el pueblo de Zalamea, donde vive Pedro Crespo, un hombre tan testarudo y orgulloso que parece tener un doctorado en "La Escuela del Honor Excesivo." La cosa empieza cuando un grupo de soldados, encabezados por el Capitán don Álvaro de Ataide, llega al pueblo y se instala como si fueran los dueños. ¿Qué podría salir mal? Bueno, un montón. La nobleza y los soldados ven a los plebeyos como si fueran trastos viejos y al final lo que arranca todo el lío es el secuestro y violación de la hija de Crespo, Isabel. Aquí Calderón se lanza a su famoso duelo de "Justicia vs. Honor."

Entonces, Pedro Crespo, que es el típico hombre que no quiere líos pero se transforma en Hulk si alguien toca a su familia, decide que esto no va a quedar así. Así que, con todo el descaro y un par de trucos bajo la manga, se convierte en alcalde. ¿Cómo? ¿Que esto era antes de las elecciones municipales y la campaña electoral? ¡Nada de eso! Pedro hace lo que todo español haría en su situación: usar su astucia rural y unos buenos sobornos (o casi) para hacerse con el poder. ¡Zas! De repente, el destino del capitán don Álvaro está en manos del nuevo alcalde de Zalamea.
Personajes: Más Estereotipos que en una Novela Picaresca Ahora, hablemos de los personajes. Aquí cada uno es un tipo bien caricaturesco, casi como si Calderón estuviera buscando rellenar un álbum de figuritas de “Clichés Españoles del Siglo XVII”.

Pedro Crespo: Un campesino con aspiraciones de héroe épico. Pedro es el arquetipo del español “que no se mete con nadie, pero no lo toques”. Con él, Calderón nos da el tipo de hombre que sacrificaría hasta la última cabra si eso le ayudara a salvar su honra. Eso sí, también es un tipo que piensa que la justicia se administra con un poco de sangre, sudor y retorcer el código de leyes hasta convertirlo en un chicle.

Don Álvaro de Ataide: Este es el tipo que llega a Zalamea con el ego inflado como una sandía. Noble, pero con la moral más suelta que los pantalones de un payaso. A don Álvaro, no solo le gusta tomar lo que quiere sin pedir permiso, sino que se considera inmune a cualquier ley que no sea la que dicta su espada. Con él, Calderón nos presenta un noble que no tiene ni un ápice de nobleza. Vamos, un personaje que hace que hasta los villanos de telenovelas sudamericanas se sonrojen.

Isabel: La hija de Pedro Crespo es la pobre alma en pena atrapada en esta pesadilla de hombres machistas. Es la causa de todo el conflicto, y Calderón la trata como si fuera un botín de guerra, como si fuera una piñata en una fiesta de honor medieval. Lamentablemente, ella no tiene mucha agencia en la trama y es más un símbolo que un personaje con voz propia. Pero no te preocupes, Isabel, en el siglo XXI tendrías tu propio spin-off.

El Rey: Este personaje hace una aparición tardía, como si fuera un árbitro que llega en el último minuto. En lugar de solucionar el problema de raíz, el rey toma la decisión que lo hace quedar como un héroe: aprobar la sentencia de muerte para don Álvaro, apoyando así al alcalde (aunque más que justicia, aquí hay un ajuste de cuentas).


La Justicia a la Española: Una Forma de Venganza Barroca La obra plantea una cuestión fundamental: ¿puede un campesino ejercer justicia como un noble? A Calderón le da igual lo que diga la gente y responde: "¡Claro que sí, hombre, si tiene las agallas!" Pedro Crespo se convierte en alcalde, pero lo hace porque quiere meter a don Álvaro en cintura y de paso preservar la honra familiar. Y es aquí donde uno se da cuenta de que la justicia es solo un disfraz para la venganza, como si fuera un carnaval barroco en el que todos están vestidos de jueces.

En El alcalde de Zalamea, la justicia se confunde con la venganza de una forma tan descarada que incluso Tarantino tomaría apuntes. Pedro Crespo no busca que se haga justicia de verdad, sino una justicia “ajustada” a sus deseos. Y Calderón, sin ningún rubor, hace que el público se ponga de su lado. Porque, seamos sinceros, todos queremos ver al Capitán en una situación tan comprometida como las que él creó.

El Gran Mensaje: El Honor Como Marca Registrada El alcalde de Zalamea es una oda a un concepto de honor tan exagerado que parece un comercial de perfume barato. Honor, ese concepto que hace que Pedro Crespo actúe como si estuviera en una película de acción. Porque en este mundo barroco, la honra es una combinación de orgullo personal y propiedad privada. Calderón nos muestra que el honor no es algo que alguien pueda proteger sin volverse un poco tirano o un poco loco (o ambas cosas).

Un Tiro al Pie: Contradicciones a Tutiplén Lo curioso de la obra es que intenta defender una justicia popular, pero al final Calderón acaba lamiendo las botas del poder, porque, ¡oh sorpresa!, todo se resuelve cuando el rey da su bendición. Como si nos dijera: “Está bien que defiendas tu honor, pero solo si tienes el respaldo de los poderosos.” Así, El alcalde de Zalamea se convierte en una especie de lección hipócrita donde el campesino tiene el poder, pero solo porque al final del día el rey lo permite.
Conclusión: Calderón y su Comedia de Errores… Con Pretensiones Calderón de la Barca ha creado en El alcalde de Zalamea una especie de thriller de acción camuflado de drama de honor. Si uno mira bien, más allá de la prosa florida y los discursos sobre el honor, esta obra es una tragicomedia donde la justicia y la venganza se mezclan en una receta con una pizca de sal y un montón de pólvora. Calderón nos deja un mensaje claro: la justicia es buena, pero el honor es mejor… y si puedes combinar ambos y llevarte un trofeo (la cabeza de tu enemigo), mucho mejor.

Así, al salir del teatro o cerrar el libro, uno no puede evitar sentir una mezcla de admiración y risa contenida. Porque, al final, El alcalde de Zalamea nos muestra que el verdadero poder está en las manos de quien sabe jugar con las cartas del honor, incluso si ese honor está tan pasado de moda como un espadachín en tiempos de drones.

Y como diría Pedro Crespo, el alcalde improvisado: “¿Para qué necesitamos leyes si ya tengo mi honor bien inflado?”

         
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Era la fiesta grande en Zalamea de la Acelga, y todo el pueblo se había volcado en la plaza principal. Banderitas de colores, música pachanguera, churros para los niños y litros de calimocho para los no tan niños. Entre tanto jaleo, el flamante alcalde Pedrito Crespo, orgulloso como un gallo, se paseaba con su chaleco de fiesta y el móvil en mano, listo para un selfie con cada vecino. Este año, él mismo había organizado el evento y, ¡qué mejor que una “Gran Tomatina Popular” para poner el broche de oro!

Justo cuando el ambiente estaba en su punto de salsa y las primeras sandías volaban entre la multitud, apareció un soldadito de pueblo rival, Álvarito “El Fino”. Venía de San Pimiento de las Patatas, el eterno enemigo en todas las competiciones de las fiestas de verano, desde la carrera de sacos hasta la guerra de tartas de nata. Este Álvarito era un chaval rubio de pelo engominado, mirada chulesca y ropa de gimnasio, un personaje de esos que piensan que la vida es un videoclip de reguetón. En cuanto vio a las chicas de Zalamea, en especial a Isa, la hija del alcalde, se plantó en mitad de la plaza y soltó, con voz de telefilm barato:

—¡Princesa, ven pa’cá que te doy lo que mereces!

Pedrito Crespo casi escupe el calimocho al oír aquello. No había dudado un segundo en abalanzarse sobre Álvarito y, como el hombre de acción que era (o eso le gustaba creer), lo cogió del brazo y, con la voz de quien pone orden en su casa (y en toda la plaza), gritó:

—¡Este payaso no pisa ni un metro más de Zalamea!

Pero Álvarito, que era de lengua rápida, lanzó una risotada:

—¿Tú? ¡Si no puedes ni con el caldero de churros, abuelo!

La cosa estaba clara: aquello era un desafío a la autoridad. Crespo se rascó la barbilla, pensativo, hasta que se le encendió la bombilla: ¿qué mejor castigo para este presuntuoso que hacerlo protagonista involuntario de la Tomatina? Al fin y al cabo, Zalamea no necesitaba juicios ni papeles, ¡aquí se hacía justicia a la española y a la manchega! Y, con una señal de mano, convocó al pelotón de vecinos más fieles para su plan maestro.
Cinco minutos después, Álvarito “El Fino” estaba atado de pies y manos a una columna en medio de la plaza, en camiseta blanca (bastante ajustada, todo sea dicho), listo para recibir el “cariño” del pueblo entero. Y en ese instante, Crespo, con voz solemne, declaró:

—Vecinos, este intruso ha querido venir a nuestra fiesta a faltar al respeto, pero hoy... ¡hoy será el centro de nuestra celebración!

La multitud estalló en vítores y gritos. ¡La Tomatina de Zalamea iba a ser histórica! Los primeros tomates volaron con la precisión de una escopeta de feria. Doña María y Amparo se disputaban la puntería desde la primera fila, y los niños, al ver el espectáculo, saltaban de alegría, contribuyendo con tomates y zanahorias que alguien había traído de contrabando.

La Guardia Civil, que se encontraba a unos metros, miraba la escena entre atónitos y divertidos. Uno de los agentes, Pepe, le dijo a su compañero:

—Mira, mejor que lo dejen hecho puré aquí y nos evitamos escribir el informe.

Al final, Álvarito acabó rojo hasta las pestañas, con restos de tomate en cada centímetro de su “camiseta de gimnasio” y jurando que no volvería a acercarse a Zalamea. La fiesta siguió su curso, pero ahora con un toque épico, y el alcalde Pedrito Crespo se retiró esa noche sabiendo que había defendido el honor de Zalamea, todo sin perder el ritmo de la fiesta.


 

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